Cuando una simple valla de lona se volvió un altavoz para la ciudad

Durante las pasadas Navidades, Santiago de Compostela fue testigo de una de esas acciones que demuestran que la publicidad, cuando escucha, puede convertirse en algo mucho más grande que una campaña.

Lo que comenzó como una pequeña iniciativa navideña de Galuresa terminó transformándose en una experiencia colectiva cargada de emoción y humanidad. La idea era tan sencilla como poco habitual: renunciar al mensaje comercial en una de las fechas más importantes del año y ceder el espacio publicitario más visible de la marca para que cualquier persona pudiera contar su historia al mundo.

La acción se articuló en torno a una lona de 24 metros cuadrados situada en la estación de servicio de Pontepedriña, conocida popularmente como la “rotonda Galuresa”, y una web desde la que la ciudadanía podía enviar libremente sus mensajes. Sin promesas, sin filtros y sin expectativas claras. Solo una invitación abierta.

Galuresa

La respuesta superó cualquier previsión. Durante aquellos días empezaron a llegar historias de todo tipo: declaraciones de amor, agradecimientos, recuerdos familiares, bromas, confesiones íntimas y también reivindicaciones sociales. Lo que en un inicio parecía una curiosidad se convirtió rápidamente en una avalancha de relatos honestos que conectaron con la ciudad. Hubo mensajes que hicieron sonreír y otros que tocaron fibras mucho más profundas, poniendo sobre la mesa realidades que rara vez encuentran un altavoz en fechas tan saturadas de ruido publicitario.

Entre todas las historias recibidas, una destacó por su urgencia y su verdad. La asociación compostelana Paluso, con el apoyo de la bocatería Chichalovers, compartió una petición tan directa como conmovedora: a pocos días de Nochebuena, solo habían conseguido reunir 360 euros para organizar la tradicional cena de Nochebuena y la comida de Navidad que desde hace más de treinta años ofrecen a personas que pasan estas fechas en soledad. Esa cifra, tan modesta y tan reveladora, reflejaba una necesidad real que merecía ser amplificada.

La historia de Paluso fue finalmente la elegida y ocupó de inmediato el espacio publicitario de la rotonda. Durante esos días navideños, la lona no fue un soporte estático: se actualizaba de manera analógica y visible con la cantidad de dinero que se iba recaudando gracias a la respuesta solidaria de la ciudadanía. Un marcador en tiempo real que convertía la valla en un reflejo del impacto colectivo y en un recordatorio constante de que la generosidad sigue siendo el motor de muchas cosas buenas.

La campaña terminó demostrando que, a veces, lo pequeño puede generar grandes cambios. Al abrir un espacio de escucha real, Galuresa no solo sorprendió a sus vecinos, sino que fue la propia ciudad la que acabó sorprendiendo a la marca con su implicación, creatividad y compromiso.

Esta acción navideña se enmarcó además dentro de la colaboración continuada entre Galuresa y 300 Kilos, responsables de algunas de las campañas más reconocidas de la marca en los últimos años. Una alianza creativa que, una vez más, apostó por poner a las personas en el centro y demostrar que la publicidad también puede ser un acto de generosidad compartida.